Una fe que permite ver la realidad invisible en los signos visibles
¡Un bendecido Domingo del Corpus Christi a todos!
Cuando estaba en la primera
etapa de formación en el seminario con los Oblatos de María Inmaculada (OMI) en Filipinas, la etapa del
estudio filosófico por cuatro años, solíamos hacer varios apostolados cada fin
de la semana. Me acuerdo que había tres diferentes apostolados que nos
asignaban a hacer: la catequesis con los niños, la animación de las comunidades
cristianas de base (BEC) a través del compartir de la Palabra, (en Filipinas,
lo llamamos, Bible Study) y el servicio de caridad, como, por
ejemplo, ayudar a los niños callejeros a vender flores de sampaguita,
o trabajar en una ferretería como un ayudante, o trabajar en una granja
porcina, o tal vez, trabajar en una cadena de comida rápida. Hoy día, ya no se
hace el segundo y el tercer modo de hacer apostolado en el seminario. Solo la
catequesis con los niños sigue hasta ahora.
En aquel entonces, hace 20
años, me tocó la animación de una comunidad cristiana que pertenece a la
Parroquia Nuestra Señora de la Estrada, que está cerca del seminario. Y es
una parroquia diocesana donde en su radio viven los más ricos como por ejemplo
la expresidenta Gloria Macapagal Arroyo y algunos Senadores nuestros y también
los más pobres. Cada sábado después del almuerzo, solíamos caminar desde el
seminario hasta la parroquia que lleva 30 minutos caminando. Antes de ir la
comunidad que nos tocaba, teníamos que pasar por la parroquia para saludar al
párroco y para avisar a la encargada del trabajo pastoral que se llamaba Belen.
Por supuesto, ya que el carisma de los Oblatos de María Inmaculada es
evangelizar a los pobres y abandonados, no íbamos a las comunidades que tienen
campo de golf y viven en mansiones sino a los pobres y humildes. Y Belen nos
acompañaba a las comunidades donde íbamos a pasar la noche del sábado por dos
razones. La primera es que, andar en los lugares pobres para un desconocido lleva
el riesgo de robo, o peor de todo, un maltrato hecho simplemente por capricho.
Belen ya se conocía por todos allí, así que, ella fue nuestra seguridad. Y la
segunda razón es que, ella nos introducía a las familias que nos iban a acoger
en sus casas.
Me acuerdo de esta
experiencia porque una vez durante nuestra reunión de la Palabra, una señora me
preguntó sobre el tema de la Eucaristía, particularmente, el de la
presencia real de Cristo en las dos especies eucarística, el pan y el vino. La
verdad es que, en aquel momento no he podido dar una respuesta de su inquietud.
Era honesto y le dije a ella de que todavía no he estudiado ninguna materia de
teología. Así que, no tenía mucho que decir. Sin embargo, agregué como mi
convicción personal, “creo, sin duda, en el hecho de que estoy recibiendo
a Jesús en la comunión.” Ahora, ya he llevado 13 años de mi sacerdocio, y hasta
en este momento, aún no he podido encontrar un modo claro para explicar en qué
manera Cristo está realmente presente en el pan y en el vino. Sin embargo,
aunque no puedo dar explicación, creo que estoy recibiendo a Jesús en una
manera misteriosa a través del pan y el vino.
Hoy celebramos la Solemnidad
del Corpus Christi. Y en esta solemne celebración, profesamos que Jesús está
realmente presente en el pan y vino. O, mejor dicho, a través de la
consagración del pan y del vino, invocando el poder transformador del Espíritu
Santo, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de
Jesús. Obviamente, Jesús se convierte en una comida y bebida
verdadera para la vida eterna. Como les dijo a sus discípulos en el evangelio
de San Juan, “Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no
beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe
mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque
mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come
mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. (Juan 6:53-56)
Lo que me gustaría rescatar
en este texto es la última oración: “El que come mi carne y bebe mi sangre,
permanece en mí, yo en él.” Dicho en otras palabras, cuando recibimos con
fe la comunión, Jesús permanece en nosotros y nosotros en él. Para mí,
esta intuición es muy importante tener en cuenta por que se relaciona
íntimamente con el evangelio de este Domingo. Jesús fue preguntado por una
escriba, diciendo, “Que mandamiento es primero de todos?” Y Jesús le respondió,
“El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor:
amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu
mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti
mismo”. (Mc 12: 28-31) Así que, cuando Jesús permanece en nosotros y nosotros
en él, sería muy fácil escuchar a Dios y a amarle a Él con todo nuestro
ser. Es porque Jesús habita en nosotros a través de su cuerpo y sangre que
consumimos en la Eucaristía. Como Jesús había sido obediente al Padre, el que
recibe a Jesús a través de la Eucaristía tiene la predisposición de su espíritu
a obedecer los mandamientos de nuestro Señor, incluyendo, por supuesto, el
mandamiento de amar al prójimo.
En esta celebración
eucarística, pidamos entonces al Padre que nos dé al Espíritu Santo para que
aumente nuestra fe y para que podamos ver a Jesús verdaderamente presente en el
pan y en vino.

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