EL DIOS QUE SIEMBRA SU PALABRA

 


¡Un bendecido Domingo a todos!

En el evangelio de Mateo, es interesante notar que Jesús elige lugares espaciosos y significativos para enseñar. En el capítulo 5, Jesús da su primer sermón en una montaña a la multitud de gente que lo seguía para escuchar su palabra y para ser sanado también de muchas enfermedades y dolencias. Ahora esta primera clase de Jesús es conocida como el Semon de la Montaña, con la cual empieza con la famosa nieve Bienaventuranzas. En el Antiguo Testamento, las montañas son lugares sagrados donde el cielo y la tierra se cruzan, o sea, donde el hombre se encuentra con Dios. Las montañas son lugares muy predilectos en los cuales Dios se revela con los hombres, habla con su pueblo, da a conocer su voluntad, confiere sus mandamientos, hace alianza con los seres humanos y otorga su bendición. Así que, cuando Jesús estaba ensenando en la montaña y no en la sinagoga, él estaba asumiendo un rol como un Maestro que daba a conocer la voluntad de Dios a los hombres. Y el evangelista Mateo presenta a Jesús como el Nuevo Moises definitivo.

Este Domingo, el evangelio habla sobre Jesús ensenando a una multitud de gente no en una sinagoga, tampoco en una montaña, sino a las orillas del Mar de Galilea. Esto es importante tener en cuenta. Si en el Antiguo Testamento, las montañas son lugares sagrados donde Dios se revela con los hombres, los mares son lugares peligrosos donde Dios manifiesta su intervención salvadora y su soberanía poder sobre la creación. Como un hijo de un pescador, que vivía por mucho tiempo cerca del mar, lo conocía muy bien. Aunque el mar de Filipinas es bello con cielos azules y aguas verdes como esmeralda, divino con las arenas blancas, y fascinante con muchas creaturas exóticas y corales, sin embargo, es impredecible, peligroso, y devastador. Por eso, entiendo muy bien cuando la Biblia se asocia el mar con el caos, peligro y destrucción. Así que, no es por casualidad que los cuatro evangelios relatan sobre la impredecibilidad del Mar de Galilea que demuestra el peligro amenazante para los pescadores y navegadores. Como nos dice los textos del evangelio, una tarde, estaba tranquilo y luego en la noche, se puso tumultuoso, y Jesús caminaba sobre las aguas turbulentas.

Ahora bien, Jesús está relatando sobre la parábola del sembrador que siembra las semillas sobre diferentes tipos de tierra: tierra en el borde de camino, tierra pedregosa, tierra espinosa, y tierra fértil. Y lo hace sin discriminación. Es interesante notar que la antigua manera de hacer agricultura es diferente. Para los campesinos tradicionales hoy día, se prepara primero la tierra, arándola, y luego, se siembran las semillas. Sin embargo, para los judíos en aquella época, se siembran primero las semillas y luego se surca la tierra para tapar las semillas. Así que era normal que no todas las semillas siempre caían en tierra buena.

Entonces, la pregunta es: ¿Cuál es la reflexión que se puede sacar de esta parabola? ¿Que Dios nos dice? La parábola se puede ver desde dos perspectivas: la del sembrador y la de los cuatro tipos de tierra.  La primera lectura del libro del profeta Isaias, nos dice, “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión.” (Isaias 55:10-11) Por un lado, el texto del profeta Isaias nos habla sobre la eficacia de la Palabra de Dios. Es como lluvia que fecunda la tierra y hace germinar las semillas. Siempre cumple su misión. Y Jesús nos dice que las semillas son la Palabra de Dios. Por otro lado, la parábola que Jesús cuenta en el evangelio nos habla sobre la generosidad bondadosa del sembrador. La Palabra que se siembra es algo que se dispersa sin tener en cuenta la cualidad de la tierra. El sembrador habla sobre un Dios que regala el mismo don para cada uno. Es un Dios que no tiene prejuicio.

El hecho de que Dios es bondadosa, un Dios que prefiere sembrar en nuestros corazones nos permite tomar en conciencia que tipo de tierra somos. Y cuando se sitúa esta parábola en contexto del mar como un lugar peligroso y inseguro, donde nuestra fe se ha puesto en prueba por las tormentas de la vida, por el capricho de la suerte humana, por la inseguridad del futuro, por el rechazo y abandono de nuestros seres queridos, nuestro corazón se ve claramente sin ninguna pretensión y mascara. A veces cuando la vida se hace difícil, nuestro corazón se convierte endurecido, o pedregoso, o quizás espinoso.

¡En esta celebración eucarística, pidamos la gracias del Señor que siempre tengamos un corazón abierto a su presencia en nuestra vida! ¡Que así sea!


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