“Bendijo, Partió y Dio”

 


¡Un Bendecido Domingo a todos!

Entre los milagros que Jesús hizo, el milagro sobre la alimentación de los cinco mil hombres, sin contar las mujeres y niños está bien marcada histórica y teológicamente hablando porque está relatado por los cuatro evangelistas. Por un lado, para los tres evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), el milagro anticipa la última cena de Jesús con sus discípulos. Nuestro Señor realizó tres acciones eucarísticas para llevar a cabo el milagro que predice la última cena: bendecir, partir y dar.  Son verbos que fueron realizados inequívocamente por Jesús durante aquella noche santa en la cual el pan bendecido se convirtió como su “cuerpo que será entregado por ustedes.” (Lucas 22:19)  

Por otro lado, para el evangelio de San Juan, el milagro de la multiplicación de los panes se toma como un hecho para profundizar más teológicamente acerca de la identidad de Jesús como el verdadero pan de la vida. Dicho en otras palabras, cuando el evangelio cuenta este famoso milagro, el evangelista toma este hecho como punto de partida para reflexionar teológicamente sobre las palabras de Jesús durante la última cena cuando dijo, tomando en sus manos el pan: “Toman, esto es mi cuerpo…” Así que, en el capítulo 6 del evangelio, se desarrolla el tema sobre el pan de la vida, pasando por el tema del pan bajado de cielo, hasta tal punto que Jesús afirma que su cuerpo, o sea, su carne es la verdadera comida y su sangre la verdadera bebida y que “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día.” (Juan 6:54)

Además, en contraste a los evangelios sinópticos, el evangelio de San Juan utiliza solamente dos verbos entorno a la multiplicación de los panes: dar gracias y repartir. Y cabe agregar el detalle interesantísimo que el texto nos cuenta: Jesús mismo repartió los panes a la gente, y no los discípulos de Él. El relato nos dice, “Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los que estaban sentados. (Juan 6:11) Este detalle es intencional porque se relaciona con lo que Yahweh hizo a los Israelitas en el desierto. Teniendo en cuenta este contexto bíblico, Jesús se asemeja a Yahweh que dio a comer a su pueblo con la mana que venía del cielo. La única diferencia entre la acción milagrosa de Jesús y Yahweh es la participación humana en la multiplicación de los panes. Había un niño muy generoso que trajo cinco panes y dos pescados a Jesús. Y a partir de este recurso muy limitado, Jesús pudo satisfacer el hambre de la multitud con comida abundante.    

Ahora bien, para continuar mi reflexión, me gustaría enfocar en las tres acciones eucarísticas que Jesús hizo en el evangelio este Domingo. Citando el texto, nos cuenta, diciendo: “Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.” (Mateo 14:19)

Pronunció la bendición. Jesús nos muestra que los milagros de la vida empiezan con la invocación de la bendición. Tal invocación indica lo que está adentro de nuestra interioridad: un corazón agradecido y no amargado. A veces, la escasez y la pobreza nos hace envidioso y amargado. Y si no somos capaces de mirar al cielo como Jesús hizo para agradecer a Dios, tampoco podemos ver milagros en los tiempos de crisis. Si nuestro corazón está llena de envidia, de enojo, de celos, de remordimiento, de rencor, y de soberbia, no hay oportunidad para ver las cosas maravillosas que están frente de nuestros ojos. Y como resultado, no podemos apreciar nuestra salud, nuestra vida, ni tampoco nuestra familia. Sin embargo, cuando es nuestra costumbre de dar gracias a Dios por todas las cosas que nos ha dado, de bendecir y de reconocer su providencia en nuestra vida, siempre podemos ver muchos milagros, aunque sea una cosa pequeña. Aunque tenemos pocos recursos que al parecer no va a alcanzar para todas las necesidades, igual tenemos que pronunciar la bendición. Tenemos que dar gracias a Señor por estos dones. No hay que despreciarlos ni tampoco escupirlos como sin valor.

Partió los panes. Después de dar gracias, partir los “panes” que tenemos, es decir, dividir los recursos que poseemos es una práctica necesaria y sabia para poder ver milagros en los tiempos de escasez. Tal estrategia de manejar un recurso escaso ayuda a evitar el derroche de un recurso vital para la supervivencia. En el evangelio, Jesús, con su poder sobrenatural, pudo multiplicar los panes partidos en varios pedazos. En nuestra vida, con nuestro poder intelectual que nos permite planificar, podemos prolongar el provecho de un recurso escaso para que no se acabe muy pronto. La vida familiar nos habla claramente sobre la práctica de dividir los recursos. La madre tiene que hacer una división adecuada y justa acerca del ingreso económico de la familia según las necesidades de cada miembro. En la misma realidad, la parroquia también tiene que partir los recursos limitados que vienen de la buena voluntad de los fieles para que no se aloquen en las cosas que no sirven para el bien de la parroquia y de los fieles. Como Jesús nos enseña, “Si son fieles en las cosas pequeñas, serán fieles en las grandes; pero si son deshonestos en las cosas pequeñas, no actuarán con honradez en las responsabilidades más grandes.” (Lucas 16:10)   

Se los dio a los discípulos. La caridad significa que el tamaño de nuestro amor importa más que el tamaño de nuestro regalo. Tras de partir los cinco panes en trozos, Jesús se los dio a los discípulos para que los repartieran a la gente más necesitada. Las bendiciones de Dios que nos ha dado cada día deben ser repartidas con nuestros hermanos. Para mí, la vocación cristiana se compara con un embudo por el cual las bendiciones de Dios pasan a los demás de una manera eficiente sin derroche. Los discípulos de Jesús repartieron los panes y recogieron también los que sobraron.

Para cerrar esta reflexión, dejo tres preguntas para reflexionar a lo largo de la semana: (1). ¿En mi vida, cuáles son las bendiciones de Dios que tengo que agradecerle a Él? (2). ¿He actuado responsablemente con estas bendiciones? (3). ¿He sido generoso a los demás con las bendiciones que Dios me ha regalado?

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