EL AMOR QUE CORRIGE
¡Un bendecido Domingo a todos!
Me acuerdo de un cuento sobre un sacerdote que
estaba dando su homilia acerca del tema de perdón. Para comenzar su reflexión,
preguntó a la congregación una pregunta que ya había
sabido de antemano la respuesta. Les dijo, “¿quién
de ustedes no tiene un enemigo en la vida?” Luego, el cura agregó,
“¡que levanten las manos!”
Los fieles que estaban presente en la misa se quedaron
en silencio y nadie se atrevió a levantar las manos. Como el sacerdote ya tenía
una convicción personal de que todos tienen enemigos en la vida, así que, no se
sorprendió.
Sin embargo, cuando el sacerdote quería continuar
su reflexión, un hombre grande, robusto y musculado que estaba sentado en el
medio de la Iglesia, levantó su mano derecha, y dijo en una
voz baja, “Padre, yo no tengo enemigos.”
El sacerdote fue asombrado y con un tono de
escepticismo, le dijo al hombre, “¡Hombre! Es imposible que no tienes enemigos.
Todos los tienen.”
Con sinceridad, respondió, “Es porque me hago
amigos con mis enemigos.”
Hacernos amigos con nuestros enemigos suena lindo
pero difícil realizar. La verdad es que, es mucho más fácil hacernos enemigos
con nuestros amigos. A veces, los mejores amigos se convierten en mortales
enemigos por causas de competición, de orgullo y de traición.
El evangelio de hoy nos habla sobre la corrección
fraterna que es un medio de hacernos amigos con los que nos ofenden para que no
se conviertan como nuestros enemigos. Una ofensa maliciosa nos aparta. Y cuando
no hay reconciliación entre personas sufrientes por causa de injusticia y de
traición, la enemistad se hace grave de tal modo que la vida comunitaria o la
vida familiar se desintegra. Y para evitar que sucede esto, Jesús nos propone,
diciendo:
“Si tu hermano comete un pecado, ve y
amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace
caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga
conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a
la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un
pagano o de un publicano.” (Mateo 18:15-17)
Como se puede discernir, hay tres etapas de la
corrección fraterna: (1). A través de una amonestación personal, (2). A través
de la mediación de dos o tres personas, y (3). A través de la comunidad.
Hoy día, la primera etapa ya es un gran desafío.
En la familia, por ejemplo, corregir a los hijos lleva consigo muchas
dificultades porque hay un riesgo de caerse en abuso doméstico. Aunque en
nuestro tiempo corriente, los padres ya no recorren el castigo corporal como
manera de corregir, pero las palabras hirientes podrían ser constatadas como
abusos psicológicos. Además, en la escuela, corregir a los alumnos es mucho más
desafiantes. Como mi experiencia personal en Filipinas, el rol de los docentes
como los segundos padres fuera de la casa casi ya no se practica. En muchos
casos, los docentes ya no lo hacen para que no pierdan su trabajo.
No obstante, como
cristiano Dios nos desafía que lo hacemos. La primera lectura del libro del
profeta Jeremias nos da la razón, que dice: “Si yo pronuncio sentencia de
muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se
aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti
cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y
él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida.”
San Pablo, en la segunda
lectura, nos dice que la toda la Ley se cumple a través del amor al prójimo. Y
la corrección fraterna que Jesús nos ordena a realizar es un medio
importantísimo de este amor.
Para cerrar mi reflexión, dejo tres preguntas para reflexionar a lo largo de esta semana: ¿Cómo un cristiano, me cuesta
corregir personas que viven conmigo, que trabajan conmigo, o que están conmigo
en la comunidad? ¿Cómo ejecito la corrección fraterna? ¿Cuáles son los desafíos
me dan miedos a corregir a los demás?

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