LA PRUEBA DEL AMOR
¡Un bendecido Domingo a todos!
El evangelio de hoy, tomado del relato según San Mateo, es
una continuación del evangelio de la semana pasada: la confesión de Pedro sobre
la identidad de Jesús. Como hemos recordado, Jesús puso a prueba el conocimiento personal
de los discípulos sobre quién es él para ellos. Y Pedro, como la portavoz de
los Doce, respondió correctamente, diciendo: “Tu eres el Mesias, el Hijo de
Dios vivo.” (Mateo 16:16) Reconociendo la verdad de su palabra, a nuestro
Señor, le agradó la respuesta de Pedro de tal modo que lo llamó “dichoso,” luego,
cambió su nombre, y para colmo, le confirió las llaves del Reino de los cielos,
que es un puesto prestigioso, viéndolo desde la óptica del poder. Así que, Pedro
recibió un poder grande que podría ser utilizado de una manera imprudente,
caprichosa e inconsistente con el evangelio.
Ahora bien, si el evangelio del Domingo pasado puso a prueba el
conocimiento de los discípulos, en el evangelio que hemos escuchado, se puede
decir que Jesús puso a prueba el amor que ellos tenían en su corazón. Es
interesante notar que San Mateo sitúa la predicción de la muerte de Jesús
después de la confesión de Pedro. Y cabe destacar el hecho de que “Jesús
comenzó a declarar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas
cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas;
y que debía ser condenado a muerte, …” (Mateo 16:21) solamente a partir de la
divulgación del conocimiento de los discípulos entorno al mesiazgo de Jesús.
Esto significa que el conocimiento que viene de la razón debe encontrarse con
el amor que reside en el corazón. El camino del discipulado requiere ambos
aspectos porque el conocimiento sin amor es insípido, seco y exánime; mientras
que un amor sin conocimiento es ciego, barato y superficial.
A partir de esta mirada, la predicción de la muerte de Jesús es una manera
de comprobar el amor de los discípulos, mostrando hasta qué punto ellos podrían
seguir el camino de nuestro Señor. Y Pedro, pensando según los pensamientos
humanos, se opuso a la decisión firme de su Maestro de ir a Jerusalén para morir
en las manos de las autoridades judías, diciendo: “No lo permita Dios, ¡Señor!
Eso nunca te acontecerá.” (Mateo 16:22) A mi modo de ver, cuando Pedro dijo
esta reprensión, lo que quería decir es: que Jesús vaya a Jerusalén, no para
morir sino para tomar la ciudad santa como un Mesias victorioso en la batalla.
Pedro presenció personalmente el poder sobrenatural de Jesús como por ejemplo el
poder sobre la naturaleza, sobre la muerte, sobre las enfermedades, y sobre los
demonios. Y, por lo tanto, Pedro creía que Jesús tenía la capacidad de agarrar
con manos poderosas la ciudad santa y de establecer el periodo de paz que el
Mesias iba a realizar.
Sin embargo, como hemos visto, Jesús no estaba de acuerdo con el paradigma
mesiánico de Pedro. Así que, lo increpó fuertemente, con un tono de enojo, “¡Retírate,
ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos
no son los de Dios, sino los de los hombres.” (Mateo 16:23) Con estas palabras,
se puede recabar dos pensamientos. En primer lugar, Pedro, por no haber
comprendido la vocación verdadera de Jesús como Mesias, se convirtió en una
piedra de tropiezo, es decir, un obstáculo para cumplir su misión. Así que, la
prestigiosa responsabilidad Petrina como el amo de llaves del Reino tiene dos caras
que Pedro y los sucesores de él deben tener siempre presente en su mente:
fidelidad a Jesús y por ello, hacerse la piedra sobre la cual la Iglesia se
edificará, o la adaptación al estandarte del mundo y por ello, hacerse la
piedra de tropiezo que impide el cumplimiento de la misión de nuestro Señor a
través de su Iglesia.
En segundo lugar, hay que tener consciente de que a veces los pensamientos
de los hombres son de Satanás. Por eso, tenemos que tener cuidado con los
pensamientos de muchos “gurus” espirituales que vemos en redes sociales que no
hablan sobre la teología de la cruz sino más bien sobre la teología de la
prosperidad, y de los pensadores que relativizan el valor del sufrimiento, del
sacrificio y del martirio cristiano. La segunda lectura tomada de la carta de
San Pablo a los Romanos, nos exhorta, “No tomen como modelo a este mundo. Por
el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que
puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le
agrada, lo perfecto.” (Rom. 12:2) Y Pedro, como la roca de la Iglesia, debe
aprender a amar a nuestro Señor, renunciando a sí mismo, cargando con su cruz y
siguiendo el camino del Mesias sufriente.
Además, no cabe ninguna duda de que el mesiazgo de Jesús contiene el
aspecto triunfante. Nosotros cristianos, como decía el Papa Francisco, no somos
los hombres del Viernes Santo, sino de la Resurrección, que es la victoria de
Jesús sobre el mal y el pecado. El anuncio del evangelio se realiza con alegría
porque Jesús resucitó de la muerte y vive eternamente junto con el Padre. El
cristiano que ha experimentado el gozo de la resurrección se siente impulsado para
dar a conocer a Jesús de tal modo que las palabras del profeta Jeremias resuenan
con mucha claridad, “Pero había en mi corazón como un fuego abrasador,
encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía.” (Jeremias
20:9) No obstante, el camino de la cruz es imprescindible y necesario para
llegar a la gloria de la Resurrection. Sin la cruz, el sufrimiento y el
sacrificio, la misión de Jesús como Mesias no tiene sentido. La vocación
cristiana implica no la búsqueda del dolor ni tampoco la huida del sufrimiento,
sino el enfrentamiento del dolor y sufrimiento con coraje y alegría cuando
vengan en nuestra vida.
Para cerrar esta reflexión, invoquemos al Espíritu Santo que nos impregne
con su fuerza:
Espíritu Santo Consolador, concédenos el don de la fortaleza y de la sabiduría.
Robustece nuestra alma para que podamos superar las dificultades de la vida, los
tormentos psicológicos de las exigencias estresantes de nuestros trabajos y las
tentaciones del mal. Ayúdanos a ser fieles a nuestra vocación como luz del
mundo que no huye de la cruz y del sufrimiento, sino que la transforma como
medio de nuestra santificación. Tú que siempre nos acompañe, te alabamos junto con
el Padre y el Hijo, es Dios por los siglos de los siglos. AMEN.

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